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EL TIEMPO ES EN NOSOTROS

Opinión / Principal / Slider / 21 November, 2018

Columna Ánimas Trujano

Por Antonio Cárdenas Arroyo

Hace unas semanas vi un documental muy interesante que se llama “The Most Unknown”. En él, científicos que realizan los trabajos más desconocidos del mundo explican sus experiencias a otros científicos que trabajan igualmente en asuntos desconocidos y aparentemente sin importancia.

Verdaderamente las actividades que realizan son poco conocidas porque implican el entendimiento de fenómenos que son muy teóricos y de hecho nos recuerdan que el camino de la ciencia es un camino largo y lleno de escollos y que los éxitos científicos, que no son comunes, han tenido como contrapartida miles de horas de trabajo silencioso, paciente y en no pocas ocasiones infructuoso, por lo que saber que existen este tipo de hombres y mujeres dedicados a la investigación de cosas tan particulares y a veces extrañas, es en si mismo una experiencia novedosa.

De entre todas las actividades que presentan me llamó la atención una de ellas, se trata de los estudios que hacen un grupo de neurocientíficos en Inglaterra sobre la actividad cerebral humana referente a nuestra manera de comprender el tiempo.

En efecto, resulta que el cerebro humano carece de sentidos cerebrales que nos permitan entender la naturaleza el tiempo. De aquí surge la necesidad de usar cronómetros, relojes, calendarios y todo tipo de instrumentos que nos permitan medir el tiempo cada vez con mayor precisión; sin embargo, la arquitectura de nuestro reconocimiento del tiempo sigue siendo un misterio, pareciera que nuestro cerebro desconoce el ser del tiempo y para reconocerlo se tiene que asir desesperadamente de marcas, pistas o datos a través de las cuales podamos asociar nuestro tiempo pasado con nuestros recuerdos.

Un experimento que manifiesta lo anterior es poner a un sujeto a observar de manera aislada una escena donde casi no hay movimiento y enseguida otra donde ocurren muchas cosas; después, le preguntan cuánto tiempo estima que transcurrió en cada una de ellas. La equivocación es absoluta ya que siempre estiman que la escena quieta es más larga de lo que fue, en tanto que la escena de movimiento la estiman de menor duración que en la realidad.

Así las cosas, el tiempo parece pasar en forma efectiva para todos los órganos de nuestro cuerpo;  los músculos empiezan a hacerse menos elásticos, la piel se arruga y se mancha, los ojos pierden claridad, el pelo se cae o se pone blanco y erizado y así todo nuestro cuerpo, excepto nuestro cerebro al que cuando le decimos “cincuenta años”  simplemente los registra y empieza a evocar cosas más o menos coherentes, pero se sigue reconociendo como una persona que no ha envejecido ni tiene por qué hacerlo.

Por ejemplo, hace cincuenta años inicié la preparatoria. Con ello entré a un mundo que me traía cosas no del todo agradables. Para empezar, no tenía ningún amigo, la preparatoria en la que estudié estaba bastante lejos de mi casa y me tenía que levantar muy temprano para tomar el camión cuando éste no fuera lleno y me obligara a esperar una o dos corridas más, con lo cual seguro llegaba retrasado.

Salía tarde y en consecuencia llegaba a mi casa muerto de cansancio y de hambre. Recuerdo perfecto que al terminar la primera semana de escuela no me imaginaba cómo iba a poder soportar tres años y de repente, no sólo los soporté sino que inopinadamente pasaron demasiado rápido.

Los culpables creo que fueron algunos de mis compañeros de clase o diré mejor de generación o más bien mis compañeros de número de lista, los cuales con el tiempo se convirtieron en la mejor razón para que yo fuera a la escuela.

Me recuerdo que yo solía ser el 10 y ese número se convirtió en mi nombre dentro de la escuela. Mis cuates empezaron a ser el 3, el 5, el 6, el 12 y hasta el 18, es decir, los que me rodeaban; y aquí empezó a operar la magia de la vida que nos estaba esperando a unos cuantos pasos afuera pues pronto empecé a salir con ellos e incluso a irme a comer a sus casas.

El grupo de amigos éramos en principio ocho. Jaime, Alfonso, Pablo, Roberto, Ricardo, Ismael, Jaime A y el de la voz, y pasamos de jugar en nuestra niñez a empezar a vivir juntos nuestra incipiente vida de adultos en un mundo que veíamos lleno de retos pero también pletórico de fantasías, de promesas y de expectativas favorables.

No es el caso hablar de cada uno de ellos, pero me queda claro que cada amigo es un milagro. Un milagro de identidad, de comunicación, de renuncia y es fundamentalmente un testigo.

Al final quedamos cuatro, otros tres siguen siendo nuestros amigos, pero la vida y las distancias los fueron alejando del núcleo original.

Uno murió, pero guardamos la esperanza de reencontrarnos con él en algún momento. Cumpliremos la promesa dada a nuestro fundador: Indivisa Manent (permanezcan unidos).

Ciertamente, como decía Milan Kundera, la importancia de un amigo es la de un testigo, de un testigo de nuestra propia vida que a falta de mejores mecanismos en nuestro cerebro nos ayuda a revivir el pasado y está allí para que con su presencia y sus recuerdos no nos permita olvidar que fuimos jóvenes, que amamos, que sentimos pasiones, buenas y malas, que alguna vez creímos y que siempre, siempre hasta el último momento de nuestra vida, tendremos esperanzas.

Ya lo decía el gran Atahualpa Yupanqui, “un amigo es uno mismo nada más que en otro cuero”.


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Andrea Sanz




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