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DE DISCRIMINACIÓN, INTOLERANCIA Y CRÍTICA

Opinión / Principal / Slider / 11 December, 2017

Columna Ánimas Trujano

Por Antonio Cárdenas Arroyo

En los años sesenta, cuando se hablaba de discriminación se adjuntaba siempre la palabra “racial” y ya entendíamos todos que se trataba del mal trato a los negros en Estados Unidos. Pero esta necesidad de adjuntar una palabra que le diera sentido a la discriminación tiene una lógica que creo hemos olvidado.

La primera acepción de la palabra discriminación que contiene el diccionario de la RAE es: seleccionar excluyendo.

Así cuando una persona va a una frutería y escoge la fruta que desea está discriminando a la que no escoge por no parecerle lo suficientemente madura; si un maestro califica los exámenes de sus alumnos y a algunos los pasa y a otros los reprueba, los está discriminando en razón su conocimiento; cuando vamos a una casilla electoral y votamos por quien nos parece mejor, estamos discriminando a los demás candidatos y de eso se trata votar.

Entonces, la discriminación no es moralmente buena ni mala, de hecho es una acción que realizamos a todas horas todos los días; lo que es bueno o malo es la razón o la sin razón por la que algunas veces discriminamos, pero sobre todo la capacidad que se tenga para poder ocasionar un daño.

Es entonces que aparece la segunda acepción de discriminación a la que se refiere el diccionario de la RAE: Dar trato desigual a una persona o colectividad por motivos raciales, religiosos, políticos, de sexo, etc.

Y aquí es donde se complica. Me pregunto si cuando un aficionado a un determinado equipo de futbol grita improperios a su rival se puede aplicar este segundo sentido del concepto discriminar. Y después de analizarlo, pienso que su conducta se apega a lo que describe el diccionario <<dar un trato desigual a una persona o una colectividad>> por motivos en este caso “deportivos”, que de hecho no lo son tanto, sino que en el fondo prevalece el sentimiento de sentirse superior en virtud de que el equipo favorito demuestre ser mejor que el rival.

Otro ejemplo, cuando una persona profesa una religión desde luego discrimina a todas las personas o colectivos religiosos distintos al suyo, ya que parte del principio de que lo que él cree es la verdad y en consecuencia lo que creen los otros no lo es. ¿Se estima que pueda tratar a los miembros de otra confesión igual que a los de la suya? Es evidente que no, no los tratará igual ni los verá como semejantes del todo. En eso consiste la otredad, al final el otro es el distinto a mi y se va haciendo más distinto en la medida que está más lejos y existen menos puentes y más barreras entre él y yo.

Ya habíamos hablado en esta columna, del que considero, es el problema que más guerras y muertes ha causado en toda la historia: el nacionalismo. Los nacionalistas consideran que su patria es la mejor de todas y por tanto discriminan a las demás; las razones pueden ser raciales, religiosas o culturales, pero en el fondo la razón es: mi país es el mejor porque yo soy el mejor y por lo tanto debo tener más derechos que todos los demás. ¿No decimos los mexicanos que como México no hay dos?

Antes la discriminación racial se basaba en la existencia de un orden jurídico que imponía diferencias sólo por el color de la piel, de allí la necesidad de calificarla. Cualquier orden o poder o capacidad que lleve a hacer diferencias basadas en aspectos generales como la raza, las creencias, o las preferencias de las personas es lo que deriva en la discriminación. Si no existe ese “poder” no podemos hablar de discriminación, sino de intolerancia.

La intolerancia no es otra cosa que la incapacidad o la falta de habilidad que posee una persona de soportar las opiniones o actitudes diferentes a las de él.

Por eso podríamos decir que la intolerancia es el principio de la discriminación; por lo que si alguien intolerante eventualmente llega a tener el poder o la capacidad para aplicar su poder para conculcar o limitarles derechos o prerrogativas a quienes no tolera, entonces sí estaremos frente a un acto absolutamente discriminatorio en el segundo sentido al que se refiere el diccionario mencionado.

Una cosa importante, no debemos confundir la intolerancia con la crítica. Por criticar entendemos el analizar pormenorizadamente algo y valorarlo según los criterios propios de la materia que se trate.

Todos los avances que hemos logrado se deben precisamente a esta característica de nuestra sociedad, la capacidad de confrontar y desechar ideas; de esta manera cualquier sociedad, por contrarias que fueran sus opiniones, puede sobrevivir y prosperar e incluso propagar sus ideas.

Y esto es sumamente importante, criticar no es sinónimo de intolerancia, aunque sea la más dura y mordaz de las críticas, mucho menos significa discriminación. Discrimina quien tiene un poder real usado en forma abusiva, critica quien tiene el poder de la razón.

De hecho, no se puede ser intolerante ni con aquel que sabemos dice una mentira. Se debe ser crítico, porque si solamente se es intolerante acabaremos destruyendo al que dice mentiras, ciertamente, pero también acabaremos con nuestra capacidad de confrontar ideas y en ese caso los discriminadores, en el peor sentido, seremos nosotros.


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Andrea Sanz




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